password
username
Sponsored by CakeMail, an email marketing software.
Newsletter preview

Para leer el artículo, por favor visite:  www.aei.org/publication27192
 
Para ver la lista de los Panorama Latinoamericano, visite:  www.aei.org/pla
 
Para comentarios y sugerencias, así como si desea ser removido de la lista de suscriptores, por favor envíe un email a Megan Davy a mdavy@aei.org.  
 
Un nuevo presidente, un nuevo paradigma
No. 7, noviembre 2007
 
La política de Estados Unidos respecto de América Latina y el Caribe siempre parece inspirar críticas: demasiado, demasiado poco, demasiado tarde. No interfieran. Intervengan. No se queden ahí parados, hagan algo. No hagan nada, quédense ahí parados. Nuestra cercanía geográfica da como resultado una asociación natural y nutrida, pero esta proximidad suele plantear inquietudes en cuanto a la soberanía. Cuando Estados Unidos está ocupado con los acontecimientos de otras partes del mundo, los expertos de la región acusan a Washington de indiferencia. Si hablamos claro de los problemas de América Latina, nos reprueban severamente por meternos "donde no nos importa". ¿Qué significa esto para la política exterior estadounidense en la región? Tal vez, lo que hacemos sea menos importante que cómo lo hacemos. El primer paso para crear un nuevo paradigma en la relación con el resto del continente americano es aprovechar el ciclo eleccionario de 2008 en nues tro país para generar un electorado importante para nuestra política. Luego, debemos dar forma a esa política mediante un diálogo a conciencia con las partes interesadas de la región.
 
Sería una exageración decir que el destino de América Latina pende del resultado de las elecciones presidenciales de 2008 en Estados Unidos. Sólo quienes tienen la visión más paternalista del papel de Estados Unidos en la región se permitirían semejante exceso. Pero, dados los cambios en la dinámica política y económica tanto en Estados Unidos como en la región, es hora de examinar la política actual de Estados Unidos con respecto al hemisferio y evaluar sus éxitos, sus fracasos, sus oportunidades y los retos que la esperan.
 
¿Por qué debería importarnos? El hemisferio occidental alberga a tres de nuestros cuatro mayores proveedores de energía. Compartimos miles de kilómetros de frontera terrestre y marítima con Canadá, México y los países del Caribe. Una gran mayoría de sus habitantes comparten nuestros valores judeocristianos, y nuestros lazos culturales y familiares se fortalecen día a día. En general, los líderes electos en el conteniente comparten el respeto por las instituciones democráticas y trabajan en pos de afianzar el estado de derecho. En su mayoría, ven con agrado las buenas relaciones económicas y políticas con Estados Unidos. Nuestro comercio con el continente crece con más rapidez que con el resto del mundo, en términos absolutos[1], ya que en la región hay unos 500 millones de consumidores conocedores del mercado con un poder adquisitivo en aumento que desean productos estadounidenses. Nuestras empresas tienen invertidos 403.000 millones de dólares en Am érica Latina y el Caribe[2].
 
Si bien la asistencia, el comercio y la inversión estadounidenses son positivos para la región, el éxito o el fracaso de estas naciones no depende estrictamente de lo que hagamos nosotros. Son nuestros amigos quienes deben llevar a cabo el trabajo fundamental necesario para sostener su propio crecimiento y propagar la prosperidad en América Latina y el Caribe. No obstante, el modo en el que respondemos a varias cuestiones apremiantes puede ayudar a nuestros amigos y colaborar con nuestros propios intereses:
  • Nuestro accionar con respecto a los tratados de comercio regionales y globales pendientes podría impulsar o paralizar el comercio mundial que crea millones de empleos en Estados Unidos. 
  • La manera en que tratamos a nuestros aliados colombianos podría afectar nuestra credibilidad como socio confiable. 
  • Nuestra capacidad de responder adecuadamente a los pedidos de México y de la región andina de asistencia en la lucha contra la droga afectará la calidad de vida de una generación de jóvenes en riesgo y de las víctimas inocentes de los carteles de la droga. 
  • La forma en que solucionemos el dilema de la inmigración ilegal podría consistir en ayudar a nuestros vecinos a desarrollar su economía, de modo que no haya personas en una situación de desesperación tal que deban abandonar su hogar para sobrevivir. 
  • El vigor con el que defendamos la democracia representativa podría determinar si el péndulo vuelve al populismo, la dictadura, la guerra de clases y la inestabilidad.
 
Sin importar cuándo, cómo ni si se resolverán estos problemas, los sufridos ciudadanos de los países afectados se las ingeniarán para salir adelante, como siempre lo han hecho. Pero, en caso de que la difícil situación del pueblo latinoamericano no alcance para generar interés entre los votantes estadounidenses, debemos recordar que, para nosotros, también hay mucho en juego. Estados Unidos no puede pretender competir en una economía global con nuestros socios comerciales naturales comerciando nada más que agua. No podemos proteger a nuestros habitantes de amenazas como el 9/11 si nuestros vecinos más cercanos son débiles, inestables u hostiles. Necesitamos que crezcan con nosotros. Si bien es muy poco probable que la campaña presidencial se aboque a algún tema no relacionado con Irak, hoy, un debate genuino sobre estas cuestiones podría crear un nuevo marco para incluir a estas naciones, no como clientes, sino como socios. ¿Cuáles son los problemas, las oportunidades y la soluciones que deberían considerar candidatos y votantes?
 
Los problemas
 
Un mensaje en busca de un nuevo mensajero. 
Sin duda, la elección de un nuevo presidente de Estados Unidos es una oportunidad de renovación. El viaje a la región que realizó el presidente George W. Bush hace algunos meses nos recordó su profundo compromiso con la lucha contra la pobreza a través del comercio y la democracia. Pero Bush sería el primero en admitir que los desacuerdos respecto de la guerra de Estados Unidos en Irak socavó su capacidad de "conectarse" con la región.
 
Al mismo tiempo, en los últimos años, muchos países eligieron líderes que se definen a 
sí mismos en oposición al "imperio". Su discurso divisivo y populista siembra malestar en las Américas y cuestiona el consenso en el que se basan las políticas de libre mercado y la democracia. La sola idea de que algún gobierno--y más aún uno extranjero--pueda resolver los problemas sociales de la región con otro programa de asistencia, sencillamente, no es realista. Sin embargo, el interés de Estados Unidos se mide, para muchos, en la generosidad de nuestras políticas asistenciales. Y, a pesar de que el presidente Bush duplicó la asistencia, visitó la región más que ningún otro presidente de Estados Unidos y creó incentivos lucrativos para la reforma, algunos formadores de opinión se quejan de que no hizo lo suficiente. 
 
Simplemente, las expectativas respecto de un presidente de Estados Unidos que prometió "mirar al sur" fueron siempre demasiado altas. Y el hecho de que hayamos debido lidiar, una vez más, con amenazas mortales en otras partes del mundo no conmovió a la audiencia del continente. Un nuevo presidente de Estados Unidos puede revigorizar el diálogo Norte-Sur, en especial si da a los votantes estadounidenses motivos para reflexionar sobre el potencial no explotado y las tangibles amenazas que nos depara el hemisferio.
 
Un consenso frágil. 
Es justo decir que, hasta no hace mucho, la política estadounidense se configuró de acuerdo con un consenso bipartidario tácito en favor de la democracia y el libre mercado como modelo de desarrollo para la región. Desde los encarnizados y polarizados debates sobre la política del presidente Ronald Reagan de anular las amenazas comunistas en Centroamérica, las sucesivas administraciones cultivaron un consenso amplio y bipartidario para ayudar a nuestros vecinos a consolidar democracias frágiles mediante el crecimiento impulsado por el mercado.
 
George H. W. Bush lanzó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, por sus siglas en inglés), la Iniciativa para las Américas y el Plan Brady (que respondía a la crisis de deuda de la región). Bill Clinton lideró el "rescate de México", luego de la devaluación del peso mexicano en 1994, e impulsó, ese mismo año, el proceso moderno de la Cumbre de las Américas. El Plan Colombia, elaborado en los últimos años del gobierno de Clinton, es un ejemplo perfecto de una iniciativa ambiciosa formulada por una administración demócrata con el apoyo total de los republicanos en el Congreso. George W. Bush continuó ese extraordinario programa e impulsó una política exterior multilateral y un plan de comercio regional con el apoyo tácito del Partido Demócrata.
 
Ese frágil espíritu bipartidario está atravesando un difícil momento de prueba: las mayorías demócratas en ambas cámaras del Congreso están tomando las riendas de algunos temas clave. Los demócratas que sospechaban de la administración Bush debieron enfrentarse inmediatamente con los votos sobre los tratados de comercio pendientes con Colombia, Panamá y Perú. Quienes busquen el progreso hallarán una esperanza en el senador Max Baucus (Demócrata por Montana)--presidente del Comité de Finanzas del Senado, responsable del comercio internacional--y en el diputado Charles Rangel (Demócrata por Nueva York)--presidente del Comité de Medios y Arbitrios--, quienes están mejor predispuestos hacia los tratados de comercio que la mayoría de los miembros del partido. 
 
Si bien impulsaron el tratado con Perú después de las dudas iniciales, no les será fácil reunir suficientes votos para aprobar el tratado pendiente con Colombia. Los demócratas y sus aliados del movimiento laborista mencionan las muertes de sindicalistas en sus severas opiniones sobre Colombia, a pesar de los progresos que hizo esta nación amiga en cuanto al bienestar de su gente[3].
 
El peligro de estafar a un aliado. 
Si dejamos a Colombia esperando en el altar y sin tratado de comercio, el efecto sobre la credibilidad y la influencia de Estados Unidos será devastador. Algunos de los mismos políticos que reprenden a la administración Bush por no asignar suficiente financiamiento a los programas de asistencia podrían contarse entre quienes voten por negar a un aliado fiel en la región un camino hacia la prosperidad sustentable. Las mismas personas que criticaron altivamente la indiferencia o la arrogancia de Estados Unidos hacia la región serán quienes asesten el peor golpe en décadas a nuestra imagen, al no dar lo que corresponde a un aliado clave que siempre hizo lo correcto.
 
Además del comercio, el programa de asistencia de Estados Unidos para Colombia enfrenta un futuro incierto en el Congreso demócrata, a pesar de que la mayoría de los expertos lo consideran un éxito rotundo. Se interceptó una cantidad asombrosa de cocaína antes de que pudiera llegar a las calles y los patios escolares de Estados Unidos, y la cadena de producción de coca se vio severamente desbaratada. Se eliminó casi toda la cosecha colombiana de amapola de opio, que se utiliza para producir heroína. Las fuerzas de seguridad colombianas recuperaron las calles en zonas urbanas, y las tasas de secuestro y asesinato caen marcadamente por primera vez en dos décadas. Gracias a que las fuerzas de seguridad de Colombia atacaron las redes del narcoterrorismo, 35.000 guerrilleros paramilitares depusieron las armas. La economía de Colombia se recuperó y creció después de la recesión, con lo que demostró que las políticas sensatas--y no el populismo pernicioso-- son la respuesta adecuada al persistente malestar social de la región.
 
Los efectos adversos del "imperialismo bolivariano". 
Otro desafío que presenta la región es la discordia sembrada por Hugo Chávez, el dictador en ciernes de Venezuela. Chávez respaldó a todos los candidatos antisistema de la región y sus aliados ganaron las elecciones en Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Las recientes diatribas en contra de Estados Unidos desatadas por el presiente boliviano Evo Morales y el presidente nicaragüense Daniel Ortega en la Asamblea General de las Naciones Unidas demuestran que el "imperialismo bolivariano" de Chávez avanza a pasos agigantados. 
 
Irónicamente, hasta las buenas noticias para Chávez no son tan buenas. Los elevados precios de los productos básicos generaron un ingreso inesperado para las naciones latinoamericanas ricas en materias primas, combustibles fósiles y productos agrícolas. Aunque este ingreso mantuvo a flote a las economías de la región, no hay garantías de que los gobiernos utilicen estos recursos con sabiduría para financiar las tan necesarias reformas institucionales, inversiones de capital y políticas económicas sensatas. Si el auge de los productos básicos pospone la reforma, las naciones de América Latina podrían rezagarse respecto de los países asiáticos que se actualizaron para competir en la economía global.
 
Quizás aún más problemático para Chávez sea la inevitable caída en los precios de los productos básicos que necesariamente pondrá fin a los generosos pero mal estructurados programas sociales que le valieron a Chávez el apoyo interno y externo con el que cuenta. Pero, sin importar cuál sea su destino político, se perdieron décadas de reforma económica genuina. Chávez malgastó miles de millones en petrodólares instaurando programas a corto plazo que no hacen mella a la pobreza estructural y, al mismo tiempo, diezmó instituciones esenciales para el crecimiento a largo plazo. La ayuda que ofrezcan los responsables de diseñar políticas en Estados Unidos para enmendar el desastre que quedará cuando fracase el proyecto bolivariano determinará nuestra relación con toda la región por décadas.
 
El liderazgo vacilante de Estados Unidos. 
Por el momento, a Chávez le va muy bien, y es posible que la diplomacia estadounidense esté vacilando. Su marcha descarada hacia la dictadura continúa con muy pocos comentarios por parte de los diplomáticos estadounidenses, que se esfuerzan por parecer impasibles pero no indiferentes. Las batallas constitucionales en Bolivia y Ecuador atrajeron poco y nada de atención. Aquellos que alguna vez se unieron a Estados Unidos para alzar la voz en defensa de los valores democráticos--Canadá, Chile, algunos países de América Central y Colombia--se quedaron callados. Aquellos que deseaban que Estados Unidos trabajara más cooperativamente no lograron persuadir a la Organización de Estados Americanos (OEA) de que asumiera su legítimo papel en la defensa multilateral del orden democrático. Por eso cuando, en los próximos meses, se presenten oportunidades épicas de salvar a Venezuela o de ayudar a Cuba, la OEA se quedará de brazos cruzados. Hace apenas unos pocos años, los países de la OEA acordaron promover y defender el "derecho a la democracia"[4]. El discurso ostentoso sobre la solidaridad y la democracia en el hemisferio ni siquiera recibió un entierro digno.
 
Las oportunidades
 
El libre mercado conserva su lugar. 
A pesar de estos retos en el cuerpo político estadounidense y en la región, siguen existiendo oportunidades. Por ejemplo, la mayoría de los países mantienen un compromiso permanente con las políticas de libre mercado. El alguna vez líder laborista Luiz Inácio Lula da Silva adhirió a políticas económicas previsoras como presidente de Brasil. Los líderes de izquierda en Perú y Uruguay proponen políticas internas responsables y están abiertos al libre comercio con Estados Unidos y otros países. 
 
Incluso el público general de América Latina tiene una visión abrumadoramente positiva del libre mercado. Una encuesta reciente de Pew Global Attitudes Project demostró que, en los países estudiados (Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, México, Perú y Venezuela), la mayoría tiene una opinión positiva del capitalismo, el libre comercio y las empresas extranjeras. En rigor, los encuestados de todos estos países expresaron un mayor respaldo al incremento de los lazos comerciales que los de Estados Unidos. A excepción de Venezuela y Bolivia, todos los países exhibieron una visión más favorable de las empresas extranjeras que hace cinco años y, excepto en Bolivia, el respaldo al libre comercio aumentó en el último quinquenio[5]. Este resiliente consenso deja un margen para que el próximo presidente de Estados Unidos revigorice la idea de una zona de libre comercio que se extienda en todo el continente. Si bien hoy algunos países no desean participar en esta iniciativa, la promoción de esta idea y este marco no tiene por qué esperarlos.
 
Chávez le hace mala fama al carisma. 
Otra oportunidad es que Chávez puede estar quedándose sin cuerda en Venezuela y en América Latina en general. Sus p***s pomposos, sus promesas de asistencia incumplidas y su discurso recalentado desalentaron a los líderes del continente y a la mayoría de los observadores estadounidenses. Chávez carece de la agudeza y del espacio político interno necesarios para convertir su diplomacia de petrodólares en un modelo tangible para el continente americano. La muerte prevista del dictador cubano Fidel Castro presenta otra oportunidad de enterrar el pasado en América Latina. Si Estados Unidos logra que sus vecinos exijan, por fin, la democracia en Cuba, nuestra política en la región se verá robustecida por el desafío.
 
Un nuevo paradigma
 
Un compromiso con el acceso y la consulta. 
Tal vez, el modo en el que el próximo presidente diseñe una nueva política para el continente sea tan importante como en qué consista esa política. Podríamos llegar a enterrar el paternalismo si, en lugar de proporcionar una idea para la región escrita en piedra, el próximo presidente ofreciera algunos argumentos básicos que explicaran por qué es importante la región y, luego, se comprometiera a varios meses de deliberación con los vecinos más importantes que terminaran en una declaración de objetivos formulada en la Quinta Cumbre de las Américas, programada para 2009 en Trinidad y Tobago.
 
Los primeros meses de mandato del nuevo presidente pueden incluir reuniones en la Casa Blanca, conversaciones telefónicas y visitas a la región. Pero el futuro presidente no debe verse obligado a formular una estrategia a diez años en los primeros días en el cargo. En realidad, el mayor aporte a la construcción de una política sólida consiste en los cimientos del respeto y la consulta mutuos. Mientras tanto, nuestros vecinos no deberían esperar nuestra elección presidencial para recibir sus instrucciones. Deberían aprovechar la oportunidad de influir sobre la percepción del continente del próximo presidente estadounidense y ofrecer sus propias ideas para la construcción de un nuevo marco para la participación de Estados Unidos.
 
El nuevo presidente de Estados Unidos debe encontrar un modo de deliberar regularmente con nuestros principales vecinos de América Latina, empezando por sus pares en Brasil y México. Una reunión tripartita bianual podría generar consenso en relación con algunos temas políticos y económicos clave. Los líderes no tendrían que formular declaraciones ni p***s sino que podrían utilizar el diálogo privado y ad hoc para debatir la respuesta que se dará a las amenazas a la seguridad, la reanimación de la OEA, el uso del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el lanzamiento de nuevas iniciativas o la unión de la región en cuanto a algún tema global. Francamente, los líderes de nuestros vecinos más importantes merecen este tipo de acceso. El que lo obtengan envía un mensaje al resto de la región.
 
Superar el "muro" de la inmigración. 
Si bien hoy la seguridad de la frontera es una crisis genuina en Estados Unidos, el discurso acalorado sobre la inmigración ilegal y la ridiculez de construir un muro en nuestra frontera sur son un desastre para nuestra imagen en América Latina. La administración Bush parece decidida a instaurar medidas rigurosas para la protección de las fronteras que posiblemente satisfagan la legítima preocupación por una frontera porosa. Es probable que sea demasiado tarde para que el presidente Bush resucite su programa de trabajador invitado. El próximo presidente debería comprometerse a modernizar las leyes de inmigración de Estados Unidos a fin de adaptarse al flujo natural de trabajadores extranjeros legales que contribuyen a nuestra economía y tienen la opción de volver a su país de origen. Por supuesto, cualquier cosa que hagamos por robustecer el crecimiento económico a largo plazo en la regió n creará empleos, de modo que la gente podrá permanecer en su propio país y convertirse en consumidores de bienes y servicios estadounidenses.
 
Promover una cultura del libre mercado. 
El verdadero motivo por el que muchos responsables de formular políticas parecen resueltos a impulsar el libre comercio es que su esencia es la libertad; la libertad no como una idea secundaria sino como principio central. Los únicos que hablan del comercio como una panacea son quienes quieren desacreditarlo cuando resulta que no lo es. Los demás reconocemos que debe haber un nexo conciente y tangible entre las políticas de libre mercado, la democracia y el estado de derecho a fin de llegar a donde queremos. De modo que no podemos renunciar al comercio, que debe seguir siendo una piedra angular del nuevo paradigma. El nuevo presidente debe mirar más allá de los conteos de votos en el Congreso y los estancamientos diplomáticos, y ofrecer un plan para reunir a socios comerciales bien dispuestos quebrando las barreras al comercio para 2010.
 
Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, ex principal negociador comercial de Bush y Subsecretario de Estado, esbozó la idea de una Asociación de Tratados Americanos de Libre Comercio a fin de institucionalizar una cultura del libre comercio, eliminar las barreras a la cooperación económica e incluir al sector privado en la puesta en práctica de los acuerdos. Los tratados de libre comercio son un buen punto de partida, pero debemos aunar el comercio con "la asistencia, el buen gobierno, los derechos de propiedad y las mejores condiciones laborales y ambientales"[6]. La idea de Zoellick es una receta para un liderazgo duradero de Estados Unidos en la inclusión de países afines en el uso de la integración económica para combatir la pobreza y dar esperanza a la gente.
 
Incluso Brasil, que recalcó la imposibilidad de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) sin un acuerdo mundial para reducir los subsidios agrícolas del mundo desarrollado que dejan en desventaja a los productores de los países en desarrollo, podría contribuir a un consenso en favor del comercio. Como parte de esta iniciativa, Lula podría convocar al mundo en desarrollo a usar el compromiso de Bush de eliminar todos los subsidios agrícolas para mover a Europa y Japón de sus posiciones de privilegio[7]. Si se supera ese punto muerto en las conversaciones de la Organización Mundial del Comercio, se rescatará la Ronda Doha, se abrirá el camino hacia un ALCA y se estimulará el comercio justo que beneficia a toda la humanidad.
 
Deberíamos incluir a quienes estén dispuestos a ser nuestros socios en Chile y Uruguay, en los Andes, en América Central y en América del Norte, entre ellos los países con los que ya tenemos tratados comerciales. Sin embargo, los tratados de libre comercio no son la única herramienta para derribar barreras al comercio, integrar las economías y fortalecer a los emprendedores. Estados Unidos debería tomar el ejemplo de sus iniciativas pasadas en América del Norte para expandir su asociación con Canadá y México más allá del NAFTA, como la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte, e instaurar programas similares en el resto del hemisferio. Además, los tratados de facilitación del comercio sirven como hojas de ruta multilaterales que los países pueden seguir para modernizar su economía a fin de estimular el crecimiento de base amplia dentro de los países y entre ellos. También debemos hallar maneras de promover el comercio y la inversi ón con Colombia en los próximos meses, aun sin un tratado comercial.
 
Nuestras palabras y nuestros actos deben enfatizar que la meta primera y última de las políticas de libre mercado es impulsar reformas microeconómicas robustas para atacar la pobreza estructural en la que hoy viven 200 millones de nuestros vecinos. Estados Unidos debe alentar reformas que faciliten la fundación de una pequeña o mediana empresa o el acceso al crédito, de modo que las personas puedan mejorar su propia situación en lugar de depender de un gobierno corrupto e ineficiente. Tarde o temprano, el gobierno se pondrá al día, pero no podemos pretender que los pobres esperen. Debemos trabajar con nuestros vecinos en pos de determinar las mejores prácticas para educar a los jóvenes en riesgo, ayudar a los pobres y recapacitar a los trabajadores que perdieron sus puestos de trabajo debido a los acuerdos comerciales. La iniciativa del crédito hipotecario de México y la "Bolsa Família" de Brasil (una asignación familiar) son ejemplos de iniciativas que surgieron en estos países y que ayudan a los pobres a ayudarse a sí mismos[8].
 
Debe alentarse la creación de un consorcio de universidades y de la sociedad civil para multiplicar por diez la cantidad de asociaciones con y dentro de América Latina y el Caribe: promover una cultura del aprendizaje, la transferencia de tecnología, la rendición de cuentas del gobierno y las soluciones generadas por la comunidad. Debe estimularse la asociación de los gobiernos nacionales con el sector privado para la formulación de políticas económicas sólidas y sustentables y para que el dinero invertido en capacitación e investigación se corresponda con las verdaderas necesidades del mercado laboral.
 
Al mismo tiempo, los pequeños estados islas del Caribe también merecen una atención especial. Si bien Chávez ofreció asistencia en forma de préstamos de petróleo subsidiados (que cargan a éstos, los estados más endeudados, con aún más deuda), Estados Unidos tiene una oportunidad real de desempeñar un papel constructivo en el Caribe. Una nueva administración podría ayudar a forjar un acuerdo que combinara el acceso preferencial permanente a los mercados para bienes y servicios con apoyo político y técnico para la integración económica y política entre sus pequeños estados islas. Podríamos revertir la "fuga de cerebros" movilizando la diáspora caribeña para expandir su cuerpo de cargos intermedios vital pero escaso e incentivar el comercio y la inversión entre las pequeñas pero crecientes economías de la cuenca del Caribe. Este plan internacional podría abarcar a los estados del Caribe más a Estados Unidos, Brasil, México, Colombia, América Central y o tros países interesados en la subregión. La promoción de la estabilidad en estos pequeños estados aumentará su capacidad de trabajar juntos (y con nosotros) en pos de controlar la migración y el tráfico de drogas.
 
Nuestra cooperación debe tener un componente de seguridad: la cooperación y el intercambio de información transnacionales para atacar las mafias y pandillas de la droga que operan con virtual impunidad a través de las fronteras. Debemos reforzar los programas internacionales existentes a fin de fortalecer la capacidad de los gobiernos de atacar la severa amenaza de la violencia de las pandillas y de cooperar entre nosotros en una estrategia integrada para desarticular las organizaciones de tráfico de drogas que producen, transportan y distribuyen drogas mortíferas en nuestros países.
 
 Promover una agenda práctica. 
El próximo presidente debe impulsar una agenda práctica de "competitividad" en las Américas, modelada según el ejemplo del Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés). Mientras la OEA y la Cumbre de las Américas producen cantidades industriales de poesía diplomática sobre la eliminación teórica de la pobreza, el APEC trabaja con la realidad. Mientras los cuerpos políticos de la OEA generan declaraciones ambiciosas, largas y no vinculantes, el APEC publica listas técnicas de objetivos en las que se describen las medidas que los gobiernos participantes deben adoptar para derribar las barreras que impiden la integración económica[9]. Por ejemplo, unas de las iniciativas aprobadas en la cumbre 2004 del APEC fue la formulación de un plan estratégico para enseñar inglés como un medio para los negocios. Imaginemos el debate que se encendería si semejante idea se planteara en la OEA; los delegados del APEC reconocieron la lingua franca de los negocios en todo el mundo y adoptaron esta propuesta por consenso, sencillamente porque tenía sentido. La cuestión no es que el inglés sea la respuesta, sino que América Latina debe invertir su tiempo en buscar--y adoptar--soluciones prácticas en la lucha contra la pobreza. Necesitamos más prosa y menos poesía.
 
Responsabilizar a los gobiernos de combatir la pobreza revitalizando la capacidad de acción de la gente. 
La responsabilización genera progreso. La nueva agenda de Estados Unidos debería subrayar el trabajo que los países deben hacer por sí mismos a fin de poner en marcha su economía, comenzando por un respeto firme por el estado de derecho y las instituciones democráticas. Las legislaturas representan los deseos y necesidades de la gente y producen leyes prácticas. Las cortes independientes verifican que las leyes se apliquen sin privilegios ni discriminación. La normativa justa mejora la calidad de vida y protege la salud y seguridad pública. Incluso los impuestos justos tienen un papel, ya que mantienen un estado que tiene el peso y los recursos necesarios para hacer cumplir las reglas del juego sin temor ni favores. La separación de poderes proporciona los controles a los abusos de poder. Las instituciones democráticas ideadas para revitalizar la capacidad de acción de la gente se rezagó respecto de la insatisfacción popular. Muchos de quienes viven en condiciones marginales llegaron a la conclusión de que la democracia les falló.
 
Los gobiernos que fingen ser democráticos sin respetar las instituciones libres están condenando a sus naciones al fracaso. Una política regional sólida debe promover la adhesión a estos principios porque ellos generan sociedades más justas y prósperas. Estados Unidos debe distinguir entre los países que desmantelan estas instituciones democráticas y los que, simplemente, carecen de la capacidad de fortalecer el buen gobierno. La asistencia estadounidense debe reservarse para los países comprometidos con un gobierno responsable y eficaz. Estados Unidos tiene una trayectoria exitosa en lo que hace a ofrecer financiamiento y asistencia técnica a iniciativas tales como la reforma judicial en Colombia o la transparencia en América Central. Las organizaciones internacionales como la OEA y el BID deben responsabilizar a los países por negar a sus pueblos la democracia institucional sólida que merecen. El nuevo presidente de Estados Unidos debe ser fiel a e stos ideales y estar preparado para enfrentar las consecuencias de promover una política que valora los valores.
 
Enterrar el paternalismo en un nuevo paradigma
 
Un mensaje renovado merece nuevas herramientas para sostener nuestra participación, tanto en la región, mediante la diplomacia, como en nuestro país, mediante la burocracia. Un enviado especial sólo funcionará si el enviado es especial: alguien que pueda captar el interés de Estados Unidos y movilizar recursos no sólo en el gobierno sino en toda la sociedad. Un presidente demócrata debería nombrar a alguien como el ex gobernador de Florida Jeb Bush para este cargo; uno republicano debería designar al ex presidente Bill Clinton. Ambos tienen los conocimientos y la credibilidad necesarios para mantener la región dentro del radar político y dirigir una conversación nacional sobre la importancia de las Américas para nuestros intereses nacionales.
 
El Congreso tiene un papel indispensable en la evaluación de políticas de administración y en el financiamiento adecuado de las iniciativas necesarias para instaurarlas. Debe establecerse un grupo de trabajo bipartidario y bicameral mediante una resolución conjunta del Congreso para que lleve a cabo una serie de audiencias en el país y en la región, a fin de ayudar a forjar políticas robustas y constituir un electorado para las soluciones ambiciosas y bien financiadas.
 
Las ideas particulares y la estrategia general que se sugieren aquí prevén una participación fuerte y creativa de Estados Unidos que complemente lo que los países deben hacer por sí mismos. Las elecciones de 2008 presentan una oportunidad de que los líderes de ambos partidos superen el pasado y revivan nuestra diplomacia de manera que refleje el respeto y la intensidad con los que vemos a nuestros vecinos. Este enfoque espera también que la región perciba a Estados Unidos y sus propias responsabilidades en esta relación de forma más moderna y madura. Podemos dar vuelta la página y enterrar el paternalismo si creamos un consenso nacional que reconozca la importancia de la región para nuestro propio futuro. Por nuestra parte, podemos construir una asociación genuina con nuestros vecinos si nos comprometemos a resolver los problemas, a aprovechar las oportunidades y a crecer juntos.
 
Roger F. Noriega (rnoriega@aei.org) es visiting fellow de AEI y trabaja para Tew Cardenas, LLP, una firma de servicios legales con base en Miami con una oficina de políticas públicas en Washington, D.C.
 
La asistente de investigación Megan Davy y el asistente editorial Evan Sparks de AEI trabajaron con Roger F. Noriega en la edición y elaboración de este Panorama Latinoamericano.
 
Notas
 
1. Cálculos del autor sobre la base de datos TradeStats Express de la U.S. Department of Comerse y International Trade Administration, disponible en http://tse.export.gov (consultado el 25 de octubre de 2007).
2. U.S. Department of Commerce, Bureau of Economic Analysis, datos de la balanza de pagos y posiciones de inversión directa, disponibles en www.bea.gov/ (consultado el 25 de
octubre de 2007).
3. Véase Richard Lugar, "We Should Help Colombia," Miami Herald, 8 de octubre de 2007.
4. "Los pueblos de América tienen derecho a la democracia, y sus gobiernos tienen la obligación de promoverla y defenderla" (Organización de los Estados Americanos, Asamblea
General, "Carta Democrática Interamericana", Artículo 1, 11 de septiembre de 2001).
5. Pew Global Attitudes Project, "World Public Welcomes Global Trade—But Not Immigration", 4 de octubre de 2007, disponible en http://pewglobal.org/reports/pdf/258.pdf (consultado el 25 de octubre de 2007).
6. Robert B. Zoellick, "Happy Ever AAFTA," Wall Street Journal, 8 de enero de 2007.
7. El presidente Bush se comprometió públicamente ante una audiencia mundial en la Cumbre de la Asamblea General de la ONU, el 14 de septiembre de 2005, cuando dijo que "Debemos trabajar juntos en las negociaciones de Doha para eliminar los subsidios agrícolas que distorsionan el comercio y atrofian el desarrollo, y para eliminar los aranceles y otras barreras al libre mercado en todo el mundo. Hoy, profundizo el desafío con el siguiente compromiso: Estados Unidos está listo para eliminar todos los aranceles, susidios y demás barreras al libre flujo de bienes y servicios, al tiempo que otras naciones hacen lo propio". (George W. Bush [declaración, Cumbre Mundial 2005, Naciones Unidas, Nueva York, 14 de septiembre de 2005], disponible en www.un.org/webcast/summit2005/statements/usa050914.pdf (consul tado el 25 de octubre de
2007).
8. Véase Roger F. Noriega, "Struggle for the Future: The Poison of Populism and Democracy’s Cure". Latin American Outlook no. 6 (diciembre de 2006), disponible en www.aei.org/publication25225/.
9. Existen varias organizaciones interamericanas dedicadas a combatir las drogas y el terrorismo que se especializan en agendas prácticas y técnicas. El proceso de cumbre genera grandes cantidades de recomendaciones, pero los gobiernos no se consideran responsables de adoptar esas medidas.